Red Nosotras en el Mundo

TÍA CLEMENCIA

Del 19 de febrero de 2007
Autora: Centro de Comunicación y Género Córdoba
Ámbito: Argentina
Formato: Micros Radiales
1 audio

0


Un nuevo aporte de De Bruj@s y Otras Yerbas Micros Radiales por K@s@ndr@s - Feministas Libertarias, desde Neuquén, Argentina.
A través de cuentos, en formato de Micros grabados y musicalizados tratan básicamente de contar historias de mujeres y hombres anónimas/os... Una producción basada en "Mujeres de ojos grandes" de �?ngeles Mastreta.



Duración del audio: 13 min. 23 seg.

El novio de Clemencia Ortega no supo el frasco de locura y pasiones que esta destapando aquella noche.
Lo tomó como a la mermelada y lo abrió, pero de ahí para adelante su vida toda, su tranquilo ir y venir por el mundo, con su traje inglés o su raqueta de frontón, se llenó de aquel perfume, de aquel brebaje atroz, de aquél veneno.

Era bonita la tía Clemencia, pero debajo de los rizos morenos tenía pensamientos y eso a la larga resultó ser un problema. Porque a la corta habían sido sus pensamientos y no sólo sus antojos los que la llevaron sin dificultad a la cama clandestina que compartió con su novio.

En aquellos tiempos, las niñas bien educadas no sólo no se acostaban con sus novios sino que a los novios no se les ocurría siquiera sugerir la posibilidad.

Fue la tía Clemencia la que desabrochó su corpiño, cuando de tanto sobarse a escondidas sintió que sus pezones estaban puntiagudos como dos perinolas.

Fue ella la que metió sus manos bajo el pantalón hasta la cueva donde guardan los hombres la mascota que llevan a todas partes, el animal que le prestan a una cuando se les da la gana, y que luego se llevan, indiferente y sosegado, como si nunca nos hubieran visto

Fue ella, sin que nadie la obligara, la que acercó sus manos al aliento irregular de aquel pingo, la que lo quiso ver, la tentona.

Así que el novio no sintió nunca la vergüenza de los que abusan, ni el deber de los que prometen. Hicieron el amor en la despensa mientras la atención de todo el mundo se detenía en la prima de la tía Clemencia, que esa mañana se había vestido de novia para casarse como dios manda.

La despensa estaba oscura y en silencio al terminar el banquete. Olía a especias y nuez, a chocolate, a chile ancho, a vainilla y aceitunas, a canela y azafrán.

La música se oía lejos, entrecortada por el griterío que pedía ¡¡¡ que se besen los novios, ...que se besen.!!!..¡¡¡ que el ramo le toque a la más fea,.!!!.. ¡¡¡que bailen los suegros...!!!

A la tía Clemencia le pareció que no podía haber mejor sitio en el mundo para lo que había elegido tener aquella tarde.

Hicieron el amor sin echar juramentos, ...sin piruetas,... sin la pesada responsabilidad de saberse mirados.

Y fueron lo que se llaman felices,...durante un rato...

- Tenés orégano en el pelo – le dijo su madre cuando la vio pasar bailando cerca de la mesa en la que ella y el papá de Clemencia llevaban sentados cinco horas y media.

- Debe ser el ramo que cayó en mi cabeza-

- No vi que te tocara el ramo – dijo su madre – No te vi siquiera cuando tiraron el ramo. Te estuve llamando...

- Me tocó otro ramo – contestó Clemencia con la soltura de una niña tramposa.

Su mamá estaba acostumbrada a ese tipo de respuestas. Aunque le sonaban del todo desatinadas, las achacaba al desorden mental que le quedó a su niña tras las calenturas de un fuerte sarampión. Sabía también que lo mejor en esos casos era no preguntar más, para evitar caer en un embrollo. Se limitó a discurrir que el orégano era una hierba preciosa, a la que se le había hecho poca justicia en la cocina.

- A nadie se le ha ocurrido usarlo en postres – dijo en voz alta, para terminar su reflexión.

- Qué bonito baila Clemencia – le comentó su vecina de asientos y se pusieron a charlar.

Cuando el novio al que se había regalado en la despensa quiso casarse con la tía Clemencia, ella le contestó que eso era imposible. Y se lo dijo con tanta seriedad que él pensó que estaba resentida porque en lugar de pedírselo antes se había esperado un año de perfúmenes furtivos, durante el cual afianzó bien el negocio de las panaderías hasta tener una cadena de seis con pan blanco y pan dulce, y dos más con pasteles y gelatinas.

Pero no era por eso que la tía Clemencia se negaba, sino por todas las razones que con él no había tenido nunca ni tiempo, ni necesidad de explicar.

- Yo creía que vos habías entendido hace mucho- le dijo

- ¿ Entendido qué?- preguntó el otro.

- Que en mis planes no estaba casarme ni siquiera con vos

- No te entiendo- dijo el novio, que era un hombre común y corriente- ¿Querés ser una puta toda tu vida?

Cuando la tía Clemencia oyó aquello se arrepintió en un segundo de todas las horas, de todas las tardes y de todas las noches que le había dado a ese desconocido. Ni siquiera tuvo ánimo para sentirse agraviada.

- Vete- le dijo- vete, antes de que te cobre el dineral que me debes.

Él tuvo miedo, y se fue.

Poco después se caso con la hija de unos asturianos, bautizó seis hijos y dejó que el tiempo pasara sobres sus recuerdos, enmoheciéndolos igual que el agua estancada en las paredes de una fuente. Se volvió un enfurecido fumador de puros, un bebedor de todas las tardes, un insomne que no sabía qué hacer con las horas de la madrugada, un insaciable buscador de negocios. Hablaba poco, tenía dos amigos con los que iba al club de tiro los sábados en la tarde y a los que nunca pudo confiarles nada más íntimo que la rabia infantil que lo paralizaba cuando se le iban vivos más de dos pichones. Se aburría.

La mañana de un martes, diecinueve años después de haber perdido el perfume y la boca de la tía Clemencia, un yucateco se presentó a ofrecerle en venta la tienda de abarrotes mejor surtida de la ciudad. Fueron a verla. Entraron por la bodega de la trastienda, un cuarto enorme lleno de semillas, sacos de harina y azúcar, cereales, chocolate, yerbas de olor, chiles y demás productos para llenar despensas.

De golpe el hombre sintió un desorden en todo el cuerpo, sacó su chequera para comprar la tienda sin haberla visto entera, le pagó al yucateco el primer precio, y salió corriendo, hasta la casa de tres patios donde aún vivía la tía Clemencia.

Cuando le avisaron que en la puerta la buscaba un señor, ella bajó corriendo las escaleras que conducían a un patio lleno de flores y pájaros. Él la vio acercarse y quiso besar el suelo que pisaba aquella diosa de armonía en que estaba convertida la mujer de treinta y nueve años que era aquella Clemencia. La vio acercarse y hubiera querido desaparecer pensando en lo feo y envejecido que él estaba. Clemencia notó su turbación, sintió pena por su barriga y su cabeza medio calva, por las bolsas que empezaban a crecerle bajos los ojos, por el rictus de tedio que él hubiera querido borrarse de la cara.

- Nos hemos hecho viejos- le dijo, incluyéndose en el desastre, para quitarle la zozobra.

- No seas buena conmigo. He sido un estúpido y se me nota por todas partes.

- Yo no te quise por inteligente- dijo la tía Clemencia con una sonrisa.

- Pero me dejaste de querer por idiota – dijo él.

- Yo nunca he dejado de quererte – dijo la tía Clemencia – No me gusta desperdiciar. Menos los sentimientos.

- Clemencia – dijo el hombre -, temblando de sorpresa – Después de mí has tenido doce novios.

- A los doce los sigo queriendo – dijo la tía Clemencia desatándose el delantal que llevaba sobre el vestido.

- ¿Cómo? – dijo el pobre hombre

- Con todo el escalofrío de mi corazón – contestó la tía Clemencia, acercándose a su ex novio hasta que lo sintió temblar como ella sabía que temblaba.

- Vamos – dijo después, tomándolo del brazo para salir a la calle. Entonces él dejó de temblar y la llevó deprisa a la tienda que acababa de comprarse.

- Apaga la luz – pidió ella cuando entraron a la bodega y el olor del orégano envolvió su cabeza. Él extendió un brazo hacia atrás y en la oscuridad reanduvo los veinte años de ausencia que dejaron de pesarle en el cuerpo.

Dos horas después, sacando el orégano de los rizos oscuros de la tía Clemencia, le pidió de nuevo:

- Cásate conmigo

La tía Clemencia lo besó despacio y se vistió aprisa.

- ¿Adónde vas? – le preguntó él cuando la vio caminar hacia la puerta mientras abría y cerraba una mano diciéndole adiós.

- A la mañana de hoy- dijo la tía, mirando su reloj.

- Pero me quieres- dijo él

- Sí – contestó la tía Clemencia

- ¿Más que a ninguno de los otros? – preguntó él

- Igual – dijo la tía

- Eres una....- empezó a decir él cuando Clemencia lo detuvo:

- Cuidado con lo que dices porque te cobro, y no te alcanza con las treinta panaderías.

Después abrió la puerta y se fue sin oír más.

A la mañana siguiente, Clemencia Ortega recibió en su casa las escrituras de treinta panaderías y una tienda de abarrotes. Venían en un sobre, junto con una tarjeta que decía: “Eres una terca”.

CLEMENCIA ORTEGA (Terca). Extraído de "Mujeres de ojos grandes" de Ángeles Mastreta



Descargar: Audio_2_-_Tia_Clemencia.mp3 - 12.3 MB - MP3

Los contenidos de la Biblioteca Sonora están con licencia Creative Commons

Atribución-NoComercial-CompartirIgual 2.5 Genérica (CC BY-NC-SA 2.5)

Puedes hacer uso libre de todos los materiales citando la fuente. Además, nos interesa conocer los usos que haces de los audios.
Para compartirnos esa información escríbenos a rednosotras@rednosotrasenelmundo.org








QUIENES SOMOS
RED NOSOTRAS RADIO

BIBLIOTECA SONORA
BUSCADORA

HACIENDO ECO

HERRAMIENTAS

SERVICIOS DE COMUNICACIÓN
REBELADAS

SUSCRIBITE

APOYANOS

CONTACTANOS
Copyleft - Todos los Derechos Compartidos
El uso, reproducción, copia, reutilización y redistribución de los contenidos de este sitio son libres.
Se agradece citar la fuente